Astronomía
Hay extraterrestres afuera...
Sábado, 20 de febrero de 2021
En todo el espacio, podría haber cuatrillones o quintillones de planetas potencialmente habitables, mucho más que la cantidad de granos de arena que se calcula que hay en todas las playas de la Tierra.

Por Farhad Manjoo (NYT)

El Sol no es especial. Decir eso es un insulto para el cuerpo celeste favorito de todos, el motor ardiente y reloj eterno de nuestro planeta, proveedor de luz, vida y espectaculares fondos para fotos de Instagram.

Sin embargo, por muy maravilloso que sea, el Sol no deja de ser una estrella bastante ordinaria, una de entre 100.000 y 400.000 millones solo en la Vía Láctea.

La misma Vía Láctea es apenas una galaxia de los cientos de miles de millones o quizás billones en el universo observable.

Y luego tenemos al planeta Tierra, un lugar encantador para criar una especie, pero, en lo que respecta a los planetas, quizás tan único como un Starbucks en un centro comercial.

Miles de millones de las estrellas de la Vía Láctea podrían tener planetas orbitándolos con condiciones ideales similares para albergar vida.

En todo el espacio, podría haber cuatrillones o quintillones de planetas potencialmente habitables, mucho más que la cantidad de granos de arena que se calcula que hay en todas las playas de la Tierra.

Entonces ¿no es arrogancia asumir que somos la única vida que existe?

Desde que Nicolás Copérnico postuló hace casi 500 años que la Tierra no es el centro del universo, gran parte de lo que la humanidad ha aprendido sobre el cosmos ha confirmado nuestra insignificante banalidad.

Vivimos a bordo del punto azul pálido de Carl Sagan, "una mota de polvo suspendida en un rayo de sol".

Así que, considerando la inmensidad del espacio y el tiempo, ¿no parece probable, tal vez incluso hasta obvio, que existan otros seres comunes y corrientes en otras motas insignificantes?

Se podría responder con la famosa paradoja del físico Enrico Fermi: si la vida es algo tan ordinario, ¿por qué no la hemos visto aún?

Ahora, en un deslumbrante nuevo libro llamado "Extraterrestrial: The First Sign of Intelligent Life Beyond Earth" (Extraterrestre: la primera señal de vida inteligente más allá de la Tierra), el astrofísico Avi Loeb ofrece una contundente réplica a Fermi.

Loeb, profesor de Harvard, argumenta que la ausencia de evidencia de vida en otros lugares no es evidencia de su ausencia.

¿Qué pasa si la razón por la que no hemos encontrado vida más allá de la Tierra es la misma razón por la que nunca puedo encontrar las llaves cuando tengo prisa, es decir, no porque no existan, sino porque las busqué de forma descuidada y apurada?

"La búsqueda de vida extraterrestre nunca ha sido más que una excentricidad para la gran mayoría de los científicos", escribe Loeb.

Para "ellos, es un tema digno de interés superficial, en el mejor de los casos, y de burla absoluta, en el peor".

Esa actitud podría estar cambiando.

En los últimos años ha habido una nueva oleada de interés en la búsqueda de extraterrestres.

Los multimillonarios de compañías de tecnología están financiando iniciativas novedosas para explorar los cielos en busca de evidencia de vida y, tras décadas de darle poca importancia al campo, la NASA se unió recientemente a esta búsqueda.

Aun así, Loeb alega que no estamos buscando bien.

Otras áreas de la física, en especial conceptos matemáticos abstrusos como el de la supersimetría, reciben un aluvión de fondos y respeto académico, mientras que una de las preguntas más profundas que la humanidad se haya hecho alguna vez (¿estamos solos?) permanece bastante relegada.

Loeb fue director del Departamento de Astronomía de Harvard y es director de la Iniciativa de Agujeros Negros y el Instituto de Teoría y Computación de la misma universidad.

Ha pasado gran parte de su carrera estudiando el universo temprano y los agujeros negros, pero en los últimos años se ha vuelto más conocido por su excéntrico análisis de un misterio cósmico que se desarrolló durante 11 días en 2017.

Ese octubre, un telescopio en Maui capturó la imagen de un punto extraño que cruzaba el cielo a toda velocidad.

Era un objeto interestelar: fue reconocido como el primer objeto que hemos visto que se originó fuera de nuestro sistema solar.

Oumuamua


Pese a lo inusual de su aparición, la comunidad astronómica rápidamente llegó a un consenso: ese objeto, al que se nombró Oumuamua, que significa "explorador" en hawaiano, era alguna especie de cometa, asteroide o algún otro cuerpo de origen natural.

Loeb no está de acuerdo.

La "explicación más simple", escribió, es que Oumuamua "fue creado por una civilización inteligente que no es de este planeta".

El tamaño, la forma y la luminosidad del objeto -en particular su trayectoria inesperada alrededor del Sol- sugieren que es algo similar a una vela que funciona con luz: un objeto reflectante, grande y delgado que podría impulsar un vehículo utilizando la luz de las estrellas de la misma manera en que un velero es empujado por el viento.

Loeb sabe de lo que habla.

Antes del descubrimiento de Oumuamua, trabajó en un proyecto para utilizar una vela de luz impulsada por láser para enviar una pequeña sonda a Alfa Centauri, un sistema solar a unos cuatro años luz de nuestro Sol.

La vela de luz propuesta por Loeb, que alcanzaría velocidades de hasta 160 millones de kilómetros por hora, llegaría a Alfa Centauri en unos 20 años.

No estoy en absoluto calificado para determinar qué lado lleva la ventaja en el debate sobre Oumuamua (Elizabeth Kolbert de The New Yorker tiene un excelente artículo en el cual examina las pruebas).

Pero a los ojos de Loeb, en cierto modo, el origen de Oumuamua no es el misterio más profundo.

Un enigma mucho más complejo es la mentalidad tan cerrada de la élite científica y su gruñona renuencia a siquiera considerar la idea de que un objeto inusual pueda ser de origen extraterrestre.

Razones

¿Cómo se explica ese escepticismo reflejo?

Gran parte es una cuestión de percepción: buscar vida extraterrestre suena un poco estrafalario.

En 1992, la NASA gastó 12 millones de dólares en un proyecto para escuchar señales de radio de otros planetas.

Al año siguiente, el Congreso recortó el financiamiento; un senador dijo bromeando que todavía faltaba "atrapar por lo menos a un hombrecillo verde".

Este chiste ilustra un problema persistente que enfrentan los científicos que quieren buscar inteligencia extraterrestre: el "factor de la risa", la sensación de que hay algo poco serio y caprichoso en todos esos esfuerzos.

Estas percepciones tienden a perdurar; durante las casi tres décadas posteriores al financiamiento de 1992, prácticamente no hubo apoyo de la NASA para la búsqueda de vida extraterrestre.

La sequía terminó finalmente el año pasado cuando la agencia espacial financió un proyecto de Loeb y varios de sus colegas para buscar "tecnomarcadores" de vida en otros planetas; por ejemplo, la presencia de contaminantes industriales o una concentración de luz brillante similar a la que vemos en nuestras ciudades más pobladas.

Los avances científicos y tecnológicos también han fomentado un renovado interés en la búsqueda de vida fuera de este planeta.

En 1995 se descubrió el primer exoplaneta (un planeta que no está dentro de nuestro sistema solar) y se confirmó como tal, pero fue el lanzamiento en 2009 del telescopio espacial Kepler lo que impulsó la búsqueda.

Los investigadores han catalogado cerca de 4700 exoplanetas, y los astrónomos están ansiosos por el lanzamiento del telescopio espacial James Webb de la NASA este año, pues promete proporcionar vistas mucho más cercanas de mundos distantes.

Además de la falta de recursos, Loeb afirma que la búsqueda de extraterrestres se ha visto obstaculizada por la aversión al riesgo y el pensamiento de grupo.

Los científicos jóvenes rara vez desafían los límites porque al hacerlo se corre el riesgo de cometer errores, y los errores no hacen avanzar las carreras.

Esa actitud se alimenta de sí misma, y fomenta la uniformidad y el aislamiento.

Loeb señala que muchos de los temas de investigación más de moda en física -aparte de la supersimetría, ideas como las dimensiones extraespaciales, la teoría de cuerdas, los multiversos- carecen de un buen respaldo experimental.

Pero hay pruebas convincentes para sospechar que existe vida en otros lugares: hay vida en la Tierra y existen pocas razones, fuera del privilegio del Homo sapiens, para pensar que somos especiales.

Hay muchas cosas que podríamos hacer para estar atentos a la presencia de seres en otros sitios; al menos, como sugiere Loeb, se debería rodear al planeta con una red de cámaras de alta definición en órbita para que la próxima vez que un objeto como el Oumuamua pase a toda velocidad podamos verlo más de cerca.

Loeb insta a que se asignen más recursos científicos, como el acceso a telescopios, a proyectos de alto riesgo.

Propone la creación de una ciencia interdisciplinaria, la "astro-arqueología", dedicada a detectar y analizar reliquias en otros mundos.

No puedo más que apoyar las propuestas de Loeb.

Es casi seguro que hay extraterrestres allá afuera, y encontrar aunque fuera evidencia circunstancial de la existencia de otros seres -incluso civilizaciones extintas- cambiaría a la humanidad profundamente, con toda seguridad de forma positiva.

Podríamos ver nuestros problemas más difíciles de resolver desde una nueva perspectiva. Podríamos descubrir nuevas tecnologías. Podríamos enterarnos de peligros insospechados en el futuro.

Lo único que tenemos que hacer es abrir los ojos y observar.