Historias de la Región | Por Federico Gastón Guerra
Las primeras farmacias de Temperley y Turdera
Jueves, 23 de julio de 2020
Las primeras boticas de las ciudades no solo eran lugares donde se adquirían medicamentos o tónicos. También eran centros sociales donde la vida de los pueblos florecía. En este capítulos, nos toca recorrer como eran esa Zona Sur antigua.

La primera Farmacia que tuvo Temperley fue la "Farmacia Duchini", esta abrió sus puertas en 1900 frente a la estación del ferrocarril Roca, en la calle Meeks casi esquina 25 de Mayo. No sólo funcionó como botica sino que también en su local se realizaron reuniones con personajes que fueron protagonistas de la historia nacional como "el Teniente General Pablo Riccieri, Pastor Obligado, Juan Argerich, entre otros vecinos.

Las tertulias que allí se hacían eran amenizadas con buena música, una copa y buena charla. Como si algo faltara, allí también se pintaban cuadros", cuenta Jorge Gualco y Alberto De Paula en el libro "Temperley su historia, su gente".

Turdera, ciudad pegada a Temperley, tuvo su primera farmacia hacía los primeros años de la década de 1920, (no teniéndose precisión en el año), y estaba ubicada en las calles Santo Tomás y avenida Puig cerrando poco después de abrirse: "Cerró tal vez porque en Turdera no se enfermaba nadie en aquel tiempo", rememoraba Manuel Severi en la publicación de la revista San Pablo de 1937.

Una anécdota que vale la pena reflejar relacionada con la farmacia de Duchini en Temperley, la falta de medicamentos en la botica de Turdera y el tranvía a caballo que unía Turdera con Temperley, -ese tranvía que tenía su estación en la avenida Puig y Santo Tomás en Turdera y en la estación ferroviaria de Temperley- dice: "¿Quién no recuerda a la vez, a más de una vecina que detenía la marcha del tranvía con la justificada protesta de más de un pasajero en apuros, para pedirle al conductor que le trajera de la farmacia de Duchini un paquete de algodón, o $0.20 centavos de sal inglesa. O bien La Prensa, o cualquier otro menester, que tan bien y con buena voluntad se prestaban a hacer los muchachos que gobernaban la yunta mala cara de la ya destartalada carroza", nuevamente Manuel Severi es quien pintaba de cuerpo entero, con tradiciones cotidianas, la vida de dos pueblos que respiraban aires campestres y latían a otro ritmo.

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