Historias de la Región | Por Federico Gastón Guerra
"Yo le cerré los ojos a Eva Perón"
Martes, 23 de julio de 2019
Así lo afirmó María Eugenia Álvarez, enfermera personal de la Primera Dama, quien la cuidó hasta el último instante, en diálogo con los periodistas y escritores Federico Gastón Guerra y Daniel Parcero quienes la visitaron en Longchamps.

 María Eugenia Álvarez (92) fluye en sus recuerdos como si todo hubiera ocurrido hace un instante. Ese todo fue la muerte, consecuencia de un cáncer, que padecía Eva Duarte de Perón, el 26 de julio de 1952.

La Primera Dama tenía 33 años y oficialmente a las 8.25 fue la "hora en la que Evita pasó a la inmortalidad" vociferaba la radio en luto obligatorio. Antes, la enfermera congeló para siempre en su recuerdo ese instante en que "le cerré los ojos a Eva Perón".

En Longchamps, recibió a los periodistas y escritores Federico Gastón Guerra y Daniel Parcero con quienes confió algunos detalles de aquel momento que pasó a la posteridad: "Recuerdo que hasta el doctor Finochietto, una eminencia que la atendía, lloraba como un chico en el momento en el que Eva falleció. Hasta lo tuve que ayudar a levantarse de lo conmocionado que estaba".

"Yo le decía a Evita, a quien admiraba profundamente desde su época de actriz, que a muchos les molestaba su figura y que le tenían mucha envidia. Ella se daba cuenta de todo; era poseedora de temple muy singular. Era muy inteligente y por eso siempre le cuidaba las espaldas al General Perón que era para mí un tipo muy buenazo. Es que para muchos políticos ella fue una piedra en su camino. Imagínense que no paró hasta conseguir el voto femenino", dice María con voz clara y potente, quien agrega una pena con la que falleció la Primera Dama: "¿Quién va a cuidar de los niños y de los ancianos? Se preguntaba en voz alta".

"?Ya queda poco'. Me dijo casi al final y le respondí con cierto disimulo: ?Sí, señora. Ya queda poco para ir a la cama'. Y como les decía, ella que se daba cuenta de todo, y me respondió: ´No, María Eugenia, a mí me queda poco´. Eso lo grabé en mi alma. Es emocionante", detalló con firmeza, abriendo sus párpados y dejando destacar sus brillantes ojos celestes.

Álvarez le dedicó su vida a la enfermería, profesión que comenzó a abrazar a los 15 años cuando empezó sus estudios, los que concluyó a los 17. Todo en su vida fue con esfuerzo pero superando etapas: "Nací el 21 de junio de 1927 a la una de la mañana y mi mamá me cuenta que lo tuve que hacer con fórceps". Ya de adolescente acompañó a su hermana Rita, que tenía 14 años, en el cuidado de una operación de apendicitis, siendo que en la misma habitación "había una chica jovencita muy angustiada a la que le hice un té con lo que tenía a mano, y descubrí que ahí había una vocación de ayudar al prójimo".

Piel de porcelana

Inició su carrera cuando aún no existía la Escuela de Enfermeras "7 de mayo" (en reconocimiento al día del cumpleaños de Evita) de la que formó parte, y que fuera creada por la Fundación Eva Perón en los albores de 1948. "Allí me desempeñé como regente" destaca con manifiesto orgullo. Ya en 1950 a María Eugenia la solicita una monja del Hospital Rivadavia y le dice que el Director la buscaba. En su despacho el doctor Jorge Bengolea la notificó que la pasaría a buscar un coche oficial que la llevaría a cuidar a la esposa del Presidente de la Nación.

"Me acuerdo que yo le dije al médico que había gente más preparada que yo para esa tarea, pero él me lo ordena y me dice que ?vas porque yo te lo ordeno. De la misma forma que Perón me asignó a mí la dirección de este Hospital. Cuando llegué, Eva estaba dormida y admiré su piel como de porcelana."

En su convalecencia a Evita se acercaron a saludarla personalidades de todas partes "hasta de Europa venía agente a verla pero no lograban pasar a la sala porque los cuidados eran muy estrictos", remarca la enfermera.

Pura vocación

Parte importante de la historia de Álvarez comienza a consolidarse esa tarde que la Primera Dama, ya enferma, le dice: "María Eugenia va a tener que hacerse cargo de la Escuela de Enfermeras". Ella la consideraba y la ponderaba como una profesional muy seria sin mayores intereses que el de vivir para su vocación: "?Dios mío', pensé y ahí nomás me puse a trabajar".

La nueva regente de enfermeras vivía a unos 100 metros de Pueyrredón y de Las Heras donde empieza asomar el barrio de La Recoleta. Se trataba de un departamento obsequiado por su padre. "Siempre viví de mi trabajo y jamás hubiera podido acceder a una propiedad", afirma. Desde allí marchaba orgullosa a la Escuela donde aprendían chicas llegadas de distintos territorio de toda la argentina y hasta de países limítrofes.

Aquel lugar era un edificio de lujo, con instrumentación muy avanzada. Los médicos admiraban nuestras prácticas de enfermería. Y eso daba por tierra esas pavadas que se decían que las enfermeras de Evita eran todas prostitutas. Cuantas barbaridades se han dicho de mí, y de nosotras. Sin embargo muchos médicos destacaron la existencia de la Escuela y nuestra labor, incluso cuando llegaron los tiempos de contrarrevolución, y nos tocó atender heridos de aquel terrible bombardeo de Buenos Aires".

En su balance María Eugenia Álvarez sintetiza que fue "una enfermera más, a quien le tocó asistir a un ser excepcional como lo señora Eva Perón". Y jura que nunca entendió nada de política ni le gustó, pero su vidas fue atrapada por "aquellas dos figuras que tanto sirvieron a la Patria, como fueron Perón y Evita. ¿Quién me puede negar que no ha sido así? Ha existido y existe mucha infamia, pero yo estoy acá con mis 92 años, bien plantadita, y puedo asegurarles que fue así".

Luego de aquellos días "para mí el más triste del mundo", siguió su vida laboral por distintos nosocomios y se fue a vivir a la zona Sur con el orgullo muy en lo alto... y esos recuerdos tan adentro y despiertos de su corazón y sus firmes y brillantes ojos claros que los iluminan. 

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