Historias de la Región | Por Federico Gastón Guerra
El Sur: aleph de Jorge Luis Borges
Martes, 26 de febrero de 2019
Ha sido Borges un enamorado de la zona Sur. Sus obras siempre reflejaron estas tierras, donde ubicó sus cuentos de pendencieros. Los margenes de Adrogué, Turdera y Llavallol tiene una presencia destacada en el imaginario del genio de las letras. Historias de prostíbulos, cuchilleros, hombres bravíos.

 Hablemos de esas mitologías de compadres y caudillos. Yo no creo que corresponda a Adrogué sino a Palermo o a Turdera. Como la famosa familia de los Iberra".

Este pequeño diálogo se da entre la desaparecida revista Sur Semanario y el escritor Jorge Luis Borges.

Ha sido sin duda alguna este hombre de las letras uno de los escritores más interesantes que hayan pasado por la literatura nacional. Cada cuento o línea de Borges tenía aroma a malevaje. Por esto, en el poema "El Tango", no duda en calificar a nuestros compadritos como "hombres del cuchillo y el coraje".

Tal vez la síntesis perfecta de lo reflejado por el ganador del Premio Cervantes hayan sido los Iberra, así, a secas y con todo el afecto con el que antiguos vecinos recuerdan a estos hermanos. Afectos de ira, de ternura o de simple leyenda de un Turdera de la Costa Brava y el camino de Las Tropas.

Adrogué: De estas tierras emanaron sus mejores cuentos.

"En su niñez solía (Jorge Luis Borges) pasar los veranos en esta ciudad (Adrogué). En 1977 Ediciones Adrogué publicó su libro "Adrogué", con ilustraciones de su hermana Norah", se lee en la colección Clarín sobre el Partido de Almirante Brown.

El gran escritor tuvo siempre esa sensibilidad por el Sur, sus aromas y sus paisajes.

De allí surge que como una profunda mimetización con su terruño, escribió en el poema "El sur" (igual título para el cuento): "Desde uno de tus patios haber mirado / las antiguas estrellas, / desde el banco de la sombra haber mirado / esas luces dispersas / que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar / ni a ordenar en constelaciones, / haber sentido el círculo del agua / en el secreto aljibe, / el olor al jazmín y la madreselva, / el silencio del pájaro dormido, / el arco del zaguán, la humedad, / esas cosas, acaso, son el poema."

Y no sólo esos indicios guiñaron. Además, por Adrogué, gestó esos senderos que se bifurcan y que, según él, son "una enorme adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la mención de su nombre".

En este segmento de "El Jardín de los senderos que se bifurcan", de su mítico libro Ficciones, podemos rastrear unas líneas más acerca del profundo apego que sobre él marcó Adrogué y ese halo de misterio que él mismo entregaba: "Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a perífrasis videntes, es quizá el modo más enfático de indicarla".

La periodista Sandra Comiso precisa que "fue en una quinta de la calle Macías donde (Jorge Luis Borges) pasó interminables tardes de la infancia junto a su hermana Norah, y fue también allí (Adrogué) donde vivió junto a su madre, Leonor Acevedo, ya viuda, en una sencilla casa de Diagonal Brown 301, durante la década del 40".

"Y fue en el Hotel «La Delicia» -amplia Comisso-, uno de sus lugares favoritos, donde solía cenar con amigos. Adrogué tuvo mucho que ver en el contenido y continente de su literatura."

Intrusa

"La intrusa" es otro de los relatos en el cual el maestro de las letras toca el tema de las mujeres fáciles, los prostíbulos sucios de la zona de Morón y la escenografía principal de un Turdera sombrío, en el seno de una casa a orillas de las vías junto al puente de ladrillos que aún hoy se conserva tal como entonces en la intersección de las vías del ferrocarril Roca y la avenida General Frías, en el límite de Turdera, Llavallol y Adrogué.

Juan Muraña, Jacinto Chiclana y tantos otros pendencieros de zonas oscuras subsumidas en callejuelas angostas y tierra por doquier; ganado cimarrón, ombúes a la distancia y ranchos de adobe y paja, era lo que completaba el montaje de caballos y relatos del narrador de historias pendencieras que descansa en Ginebra.

Así, ese Borges fatal -de quien los santos se apiaden- dejó su obra dedicada a aquellos que tiñeron con honor cada duelo del Sur y que le dieron tinta para que dejara en sus libros todas y cada una de las expresiones del hombre guapo, pero guapo en serio.

Etiquetas