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El misterio de los Tartessos
Martes, 5 de febrero de 2019
Hablar de Tartessos es como hablar de la Atlántida. Sin embargo, al contrario del mito de Platón, del que solamente hay dos menciones en sus Diálogos, Tartessos tiene nombre, historia y tesoros tan espectaculares como el del Carambolo.

 Hablar de Tartessos es como hablar de la Atlántida. Sin embargo, al contrario del mito de Platón, del que solamente hay dos menciones en sus Diálogos, Tartessos tiene nombre, historia y tesoros tan espectaculares como el del Carambolo. Aunque carezca de un lugar determinado, las menciones grecorromanas e incluso bíblicas a esta enigmática civilización que se desarrolló desde el siglo X hasta el VI a. C., cuentan con el peso suficiente para justificar su búsqueda. No obstante, nadie ha conseguido ubicar su emplazamiento preciso en el suroeste de la península Ibérica, cerca del mítico río Tartessos (¿Guadalquivir?), en un triángulo formado por Cádiz, Huelva y Sevilla.

El último lugar señalado como posible ubicación de Tartessos es Doñana; más en concreto junto a la marisma de Hinojos, identificada en 2004 con la Atlántida, también sin éxito. En aquella ocasión fueron las fotografías aéreas en las que aparecieron estructuras circulares y rectangulares (¿edificios?). Al final, como tantas otras hipótesis, todo quedó en nada.

Heródoto y Plinio, entre muchos otros, mencionan a Tartessos en sus libros. Con estas fuentes y los hallazgos existentes, el arqueólogo alemán Adolf Schulten (1870-1960) fue el pionero en buscar, sin éxito, un lugar concreto para esta cultura de supuesta identidad propia. Los infructuosos resultados del último siglo hacen pensar a muchos arqueólogos que Tartessos no fue una sofisticada cultura híbrida de iberos y fenicios, sino algo mucho más modesto, sin un asentamiento concreto.

El 30 de septiembre de 1958 se descubrió de forma casual a las afueras de Sevilla, en el municipio de Camas, el tesoro de El Carambolo. El paso de los años ha convertido el lugar en un verdadero estercolero. Los arqueólogos han denunciado recientemente ante las autoridades la necesidad perentoria de una rehabilitación.

El tesoro de El Carambolo es un conjunto de orfebrería de gran tamaño, del año 600 a. C., formado por 21 piezas de oro trabajadas de una manera delicada, que dan a entender la presencia de una sofisticada cultura: Tartessos.

La puesta en común de algunas investigaciones realizadas sobre El Carambolo, platean la idea de que en realidad se trate de un simple tesoro de origen fenicio, lo que quitaría credibilidad, incluso, a la existencia de Tartessos. Estos investigadores creen que las placas de oro con forma de piel de animal, los collares y otras joyas descubiertas en el interior de tinajas, serían en realidad un depósito fenicio relacionado con el culto de divinidades orientales como Baal o Astarté.

El Carambolo fue un santuario que cubría el paisaje de la desembocadura del Guadalquivir. Sin embargo, cuando apareció el tesoro se creyó que el lugar del hallazgo era una simple cabaña. Excavaciones posteriores señalaron que ese modesto espacio era, en realidad, un pequeño santuario. Lo que hoy sabemos es que ese lugar era un foso en donde además del tesoro se habían acumulado piezas del culto del santuario. El templo, que tiene una estructura doble, estaría dedicado al dios Baal y a la diosa Astarté.

Manuel Bendala, catedrático de Arqueología de la UAM cree que "Tartessos fue la primera gran cultura urbana de la península Ibérica. Tenemos muchos datos de su vinculación con el mundo tanto local como mediterráneo-oriental. Ese mundo fenicio que se traslada colonialmente a la Península interacciona con el ámbito local, haciendo que algunas piezas de El Carambolo tengan precisamente un sabor autóctono, pero es esa mezcla única de lo local y lo colonial a lo que podemos llamar Tartessos".

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