Por Federico Gastón Guerra
Cuando los veranos eran eternos en la Laguna de Lobos
Lunes, 31 de diciembre de 2018
Un recuerdo en tiempos de verano donde el turismo debe ser en la costa, en la montaña o en el campo. Hace años los descansos eran más prolongados y muy cerca de zona sur

 No se puede contar la historia de la vida cotidiana de Lobos sin repasar los veraneos en la laguna. Miles de visitantes que se quedaban días y hasta semanas a contemplar las aguas mansas que reflejaban la figura de febo en temporadas tórridas: "Nosotras preferimos siempre ir a la laguna en enero y nos quedábamos hasta 40 días en la hostería del Pescador (en la avenida Costanera y calle Nº38) pasábamos unos veranos muy lindos en ese pequeño hotel de la familia Morandi", rememora Chicha Andreotta cuando se le pregunta a donde se iba en familia en las vacaciones lobenses.

El recuerdo se hace grande por eso decidimos emprender el viaje a la laguna y repasar cómo serían esos veranos lobenses a la vera del agua. Un colectivo local, desde la plaza 1810 de Lobos, nos lleva hasta allí y bajamos donde termina el pavimento; preguntamos a un chico de guardapolvos donde viven los Morandi y nos indica que pasando el ombú. Llegamos al mediodía y Eduardo Morandi y su señora, Chola, nos hacen pasar y apenas nombramos la familia Andreotta la alegría supera toda palabra.

"Fui alumno de música de Aurelia (Andreotta) en la escuela Nº 21 de Salvador María (distante 4 km de la Laguna) por la década de 1950. Era una mujer muy buena. Yo por esos años de pibe repartía el pan y los víveres a los pescadores que andaban por la laguna: esto era todo descampado, después se fueron haciendo los loteos", cuenta con emoción Eduardo Morandi.

Chola comienza una anécdota que Eduardo termina: "Me acuerdo de ?las chicas' que venían con la mamá, Teodora Mazzeo, y pasaban muchos día acá con nosotros, a veces hasta nos íbamos al costado de la ruta y hacíamos un asado en noches claras", "y nos quedábamos hasta medianoche", concluye Eduardo quien, además, describe esos años de laguna: "por acá había buena pesca, los pejerreyes más chicos eran como una botella de litro de gaseosa; claro es que si se juntaban 30 botes ya parecía una barbaridad, y hoy hay más de 300, a veces, los fines de semana: por eso tenemos menos pesca".

¿Cuando comenzaron con la hostería? -interrogamos ávidos de fechas y recuerdos, y Eduardo precisó y amplió a gusto.

- Tendríamos unos 20 y tantos años cuando decidimos tomar la hostería del pescador con mi señora el 15 de junio de 1964. Y cuánta gente que venía en verano, de todos lados. Pero eran otros tiempos hasta te digo que una vez a Teodora Andreotta en el Hotel le cantaron una serenata. Me acuerdo que Roma (Andreotta) venía con la verdulera (especie de acordeón a piano) y alegraba las noches de luna en la hostería. Eso si, hacíamos todo nosotros desde la atención hasta la cocina: la pasaban muy bien ?las chicas en familia'. Y te digo más, después, con el tiempo, mi hija Laura lo tuvo a Orfeo (Andreotta, ?Filito') como profesor de música. Es decir estuvimos desde chicos muy cerca de esta familia.

Pasada la charla amena decidimos andar por la tierra y repasar las caminatas de lo Andreotta por la orilla del agua. Y aunque era el fin del invierno de 2003 y el sol apenas brillaba entre nubes espesas atraídas por la brisa fría del sur, llegar al apeadero Fortín Lobos fue como regresar a esos veranos. Hoy es apenas un cartel y un galpón corroído luego de años de abandono. Y si bien el tren volvió a pasar, nuevamente camino a General Alvear después de haber sido levantado el ramal, el convoy no se detiene en esa parada de la laguna.

"Nosotras íbamos en tren a la laguna, lo tomábamos en Lobos y bajábamos en Fortín Lobos, la parada de la laguna; después la formación seguía hasta Salvador María y mas allá", contará Chicha Andreotta cuando le describimos la visita que le hicimos a los Morandi.

Caminamos por la vía y llegamos a Salvador María, previo paso por el costado de la Bahía de los Lobos. En Salvador la vida parece a otro ritmo. La escuela Nº 21 y la Iglesia marcan el principio y el fin del asfalto del pueblo. Tal vez ese poblado camina hoy al paso de esos tiempos del veraneo, tal vez seamos nosotros, por un rato, habitantes de esos eneros de otrora, aunque años después.

(1) esta historia es parte del libro Pasatiempo, historias de familias (noviembre de 2003); escrito por Federico Guerra y Pablo Sonzini. Ese trabajo recorre la historia de Lobos en los pasos de las familias Andreotta y Mazzeo.

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