Psicología
La crisis de mediana edad podría ser el preludio de una época de gran felicidad
Miércoles, 8 de agosto de 2018
Una teoría sobre la felicidad sostiene que la curva de la vida provoca que los momentos de mayor bienestar sean durante la niñez y la madurez, una vez cumplidos los 50 años. La depresión de mediana edad se explicaría por el exceso de expectativas, esa especie de tiránica "arquitectura" que uno se hace de las etapas de la vida.

 La felicidad es un concepto complicado. El debate a su alrededor es casi infinito: puede ponerse en duda si la felicidad es el fin o es el camino, si realmente existe o si se puede ser del todo consciente de que se está siendo feliz en el presente o hace falta esperar a una época peor para valorarlo desde la distancia.

Pero pese a todo, la felicidad es el gran objetivo común. Todos queremos ser felices y muchos luchan cada día para conseguirlo. Pero, ¿qué pasa cuando durante una época todo se tuerce y la felicidad se pierde?

El periodista estadounidense Jonathan Rauch ha investigado sobre ello tras sufrir la conocida como ?crisis de los 40' y ha plasmado sus conclusiones en el libro ?La curva de la felicidad: por qué la vida es mejor después de la mediana edad'.

Para llegar a la conclusión de que la curva de la vida tiene forma de U y que la parte más feliz llega después de sufrir una crisis al cumplir 40, Rauch ha entrevistado a un gran número de economistas, psicólogos y neurocientíficos que le han ayudado a reafirmarse en la idea de que la edad generalmente trabaja a a favor de felicidad.

En una entrevista con el medio australiano ABC, Rauch explica que tras pasarse una época (cuando tenía unos 40 años) sintiéndose frustrado pese a tener una carrera profesional próspera, una relación estable y buena salud, se puso a investigar la curva de la felicidad, y que rápidamente descubrió que se trata de un fenómeno que se repite en personas de distintos países e incluso en algunas especies de animales.

El periodista explica que ha descubierto que nuestro cerebro va experimentando cambios a medida que envejecemos y que cada vez se enfoca menos en la ambición y más en las conexiones personales. "Es un cambio saludable, pero hay una transición desagradable en medio", indica Rauch.

El autor atribuye este bache a una ?brecha de expectativas', ya que llegados a este punto de la vida, muchos se plantean cómo han llegado hasta allí y analizan cuáles son las metas alcanzadas y cuáles no, dándose muchas veces cuenta de que muchas veces las expectativas que se habían planteado eran demasiado ambiciosas. "Cuando somos jóvenes caemos en lo que los economistas llaman un ?error de pronóstico', apunta Rauch. Para él, el error está en la sobreestimación de la felicidad que nos producirá alcanzar ciertas metas.

"Es lógico que esto suceda, es la forma en la que la naturaleza nos anima a alcanzar nuestros objetivos. Pero la ambición cambia continuamente las metas, por lo que cada vez que logras algo dice ?esto no es lo suficientemente bueno', explica el experto.

Pero una vez superado el ecuador de la vida, llega el momento más feliz. Así lo explica Rauch, que explica en su libro que la gente más mayor se quita de encima estas expectativas y es capaz de ser feliz disfrutando de cosas más sencillas. Además, las personas mayores tienen una mayor habilidad para manejar sus sentimientos.

El error de quedarse esperando que "algo" suceda

La brecha entre lo que esperamos y lo que nos pasa está ocupada por la necesidad de que algo ocurra de determinada manera (o no) y de nuestro juicio dependerá cómo nos sentiremos.

Si tenemos la creencia de que las expectativas son motores que nos ayudan a alcanzar nuestras metas o confiar en la gente, probablemente le vamos a poner expectativas a todo. Sin embargo, muchas veces no las tenemos sino que son ellas las que nos tienen y, de esta manera, harán con nosotros lo que les permitamos que hagan, como causarnos pena, desánimo o cualquier tipo de dolor.

Las expectativas actúan como una ilusión, como el motor para alcanzar nuestra meta. Si no sentimos expectativas, nos parecerá que el objetivo no tiene demasiada importancia. De hecho, podemos decir que son malas compañeras de viaje cuando son fuente de angustia, pero también podemos disminuir la tristeza eliminando las exigencias.

Debemos conocer que una expectativa es el fruto de nuestro propio juicio interior, que está basado en creencias. Es por eso que toda esa "arquitectura" armada por nosotros mismos se nos cae encima en forma de dolor y decepción, produciéndonos frustraciones.

Juzgar a las expectativas de verdaderas o falsas no disminuirá nuestra angustia o enojo. Por el contrario, solo reforzará la creencia de que no somos responsables de su existencia y esto complica lo que, en realidad, queremos ver o alcanzar.

La medida de nuestros desengaños tiene que ver con el detalle y la magnitud de las expectativas que ponemos. El esperar actúa como la ilusión de interactuar con el otro, cuando en realidad interactuamos con nosotros mismos, sin tener chance de que el otro se entere. Por lo tanto, disminuyen nuestras posibilidades de que ocurra lo que queremos que ocurra.

La idea de la curva no es nueva

La idea de que la trayectoria de la felicidad en el ser humano tiene forma de U no es nueva. La acuñó hace unos años el profesor de Economía de la Universidad de Warwick, Andrew Oswald, que establece que empezamos a sentirnos más infelices después de los 20 años pero recuperamos el bienestar poco a poco hasta los setenta años.

Pero además de la edad en la que se es más feliz, Osward y su grupo de investigación revelaron en su artículo ¿Tiene la felicidad a lo largo de la vida forma de U? Que los picos de bienestar se encuentran en el alba y en el ocaso de la vida, por lo que, como dice Rauch, a partir de los 50 años, cuando se empieza a escalar la segunda pared de la U, somos mucho más felices que durante la juventud.

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